Martes, 21 de Mayo de 2013

Puebla y Zaragoza, a 150 años

Mario DE VALDIVIA

 

Cuando Ignacio Zaragoza, decíamos en la nota anterior, quedó sitiado por los franceses en Puebla, se propaló en la ciudad una epidemia de tifo por las malas condiciones sanitarias ocasionadas por el asedio. Finalmente, el 8 de septiembre de 1862, a sólo cinco meses y tres días de la famosa Batalla del 5 de Mayo, fallece en condiciones deplorables el comandante del Ejército de Oriente.

“Hubiera querido incendiar Puebla”, le decía al presidente Benito Juárez. Mensaje telegrafiado sobre el cual, Don Jesús Silva Herzog (el verdadero, el historiador potosino), comentó que el pobre Zaragoza se ha de haber revolcado en su tumba al saber que Luis Echeverría, presidente de México, ordenó el traslado de sus restos a la ciudad que quería incendiar el malogrado joven general.

De Zaragoza, uno de los héroes mexicanos, poco se sabe. Nació en Espíritu Santo, Texas, (cuando era territorio mexicano, provincia de Coahuila y Texas) el 24 de marzo de 1829 y tenía 33 años y medio cuando murió. Casi ningún investigador se ha dedicado a indagar la vida e historia de Ignacio Zaragoza, salvo que tuvo un breve paso por el seminario de Monterrey y es escasa la información de cómo se adhirió a las fuerzas liberales y en particular su rápido ascenso a general. Su trágica muerte no es tema en los libros de historia, como lo han sido otras muertes históricas (Juárez, Porfirio Díaz, bien documentadas).

Pocas referencias hay de otros personajes sobre el General Zaragoza. Pero es notable que Benito Juárez ni un reconocimiento le haya enviado después de la efímera victoria del 5 de mayo, como tampoco dio jamás algún reconocimiento a generales como Jesús González Ortega (a quien realmente Juárez traicionó arteramente), o a Mariano Escobedo, y no se diga a Porfirio Díaz (co-vencedor del 5 de mayo), a quien don Benito le tuvo siempre envidia por sus rutilantes triunfos sobre conservadores e invasores, especialmente en las decisivas batallas del 2 de Abril (Puebla recuperada) y la Ciudad de México el 21 de junio de 1867, la más importante, el verdadero triunfo de la República.

Con bombo y platillo, pero sobre todo con fuertes intereses políticos, el gobierno estatal de Puebla y el gobierno federal (ambos del PAN), están organizando festejos para conmemorar 150 años de la Batalla del 5 de Mayo. Si la celebración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución tuvieron tintes de fracaso, despilfarro y mal gusto, es de esperarse que en Puebla se ajusten más a la severidad de una fecha histórica que debe reivindicar el valor de unos cuantos mexicanos que se jugaron la vida durante la ocupación franco-austriaca, y que dio lugar al llamado Segundo Imperio, el de Maximiliano quien—debe reconocerse—adoptó a México como su verdadera patria y sencillamente se ajustaba a viejas prácticas europeas, de que los países adoptaran a nobles extranjeros como sus soberanos (Suecia adoptó al francés Bernadotte y Rusia a la alemana Catalina la Grande) sin que por ello hubiera prejuicios.

En cambio, las comunidades mexicanas, legales e indocumentadas en Estados Unidos, celebrarán el 5 de Mayo creyendo que es la fecha de la Independencia de México. Esto un tanto alentado por la Casa Blanca, que se atribuye la expulsión de los franceses a su intervención diplomática y amenaza militar, lo cual es falso y hace de nuestras fechas históricas una distorsión en perjuicio de la verdad. El presidente americano en turno, invita a la residencia oficial a músicos, artistas y personajes de la diplomacia, a un festejo del que indebidamente se atribuyen. Por su parte, los más de 50 consulados mexicanos en Estados Unidos también le dan pan y circo a los paisanos, ávidos de fiesta y espíritu patriotero, pero poco informados.

En suma, el 5 de Mayo y su famosa batalla, con rasgos personales de enjundia, valor y bravura combativa, es algo que debemos reproducir cotidianamente y no sólo como reivindicaciones de un patriotismo que puede fenecer, ante el agobio de otras amenazas. El 5 de mayo debe invitarnos a obtener información histórica y a ponderar hechos para conocer la verdad.

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