Campañas: lo que está ocurriendo
Mario DE VALDIVIA
Con la intensidad que permite y obliga la vigente ley electoral, los candidatos a la presidencia y sus partidos, se han dedicado a destrozar el civismo, especialmente la candidata del PAN y el candidato del PRD/Morrena, debido, en el primer caso, a la pobreza de su discurso y al destemplado timbre de su voz, sin que pueda impostarla como las buenas sopranos. En el segundo, López Obrador tiene no sólo un discurso vacilante, con largas pausas que denotan falta de agilidad para pensar, sino que cae repetidamente en contradicciones, la principal de ellas su “república amorosa”, su “mano franca” y su “conciliación”, supuestos que en la práctica discursiva no sabe honrar, pues se la vive criticando a Peña Nieto, por un involuntario reflejo de la gran ventaja que éste le lleva en el ánimo popular, al menos el de las encuestas.
La señora Vázquez Mota ha tratado de reordenar sus actividades y para ello tuvo que aceptar el dudoso apoyo que le mandaron de Los Pinos: sus contrincantes Santiago Creel y Ernesto Cordero junto con los jilgueros de éstos. Craso error, puesto que, en el caso de Cordero, fue éste aspirante el que exhibió las inconsecuencias de doña Josefina: diputada faltista, titular de SEP ineficiente, titular de SEDESOL generadora de pobreza, entre otras lindezas que a la postre se revirtieron entre el panismo tradicional.
Ambos, López Obrador y Vázquez Mota, han eludido y evadido tratar en sus discursos los grandes temas que son controversia constante entre la izquierda y la derecha: el aborto, el matrimonio homosexual, la adopción de menores por parejas homosexuales, la transexualidad, la legalización de las drogas. No se pronuncian, una porque tiene miedo enfrentarse a las feministas, el otro porque tiene miedo de enfrentarse a los conservadores. Son actitudes de clara hipocresía y de cobardía frente a temas graves que la sociedad está enfrentando.
Vázquez Mota quiso hasta cambiar el mote a su lujoso autobús: del cursi “Pinabus” al prepotente “La Jefa”, en un afán de remontar la inferioridad y debilidades que acusa su campaña, su discurso y su equipo, que con los “refuerzos” sólo está cayendo en lo que los economistas llaman “ley de los rendimientos decrecientes”, lo que ocurre por ejemplo cuando una empresa productiva es atiborrada de trabajadores, o un campo agrícola es saturado con fertilizantes: el efecto es contrario a la mejora en rendimientos.
López Obrador y su movimiento “izquierdista”, desconoce (y hasta rechaza) los principios del marxismo. Hoy se proclama partidario de la libre empresa y amigo de los hombres de negocios. Nadie le cree porque hace seis años mostraba su verdadera faz, esa del odio a las clases poderosas, a los “pirrurris”; dice simpatizar con los pobres pero sólo porque éstos le acarrean votos y no le conviene que disminuya la pobreza porque se le acabaría su mercado cautivo. Ese es el verdadero Peje, el simulador amoroso que si llega al poder mostrará otra cara.
Mientras, Enrique Peña Nieto sigue consolidando su crecimiento en las encuestas. Lleva alrededor de 30 puntos sobre sus seguidores. Ha tenido el acierto de no criticar personalmente a Josefina o a Obrador; recurre al procedimiento jurisdiccional para que la autoridad dirima, pero lo hace a través de sus colaboradores. Pero en el aspecto de imagen, puede decirse que ésta es impecable: él y su pareja Angélica Rivera, son un equipo atractivo que gusta a la gente, lo cual no debe soslayarse. Ya lo dijo Nixon: “si en tiempos de Lincoln hubiera habido televisión, éste nunca hubiera llegado a presidente” (por la fealdad y aspecto desgarbado del héroe de Gettysburgh; o como el mismo Nixon, que perdió en 1960 frente a J. F. Kenneddy, gracias al buen aspecto de éste).
Eso efectos, esos detalles y un discurso político mejor hilvanado son lo que en política impacta entre los potenciales votantes; eso es lo que han soslayado el PAN, el presidente Calderón y las “izquierdas”.






