
José María Bradomín
Tercera parte
Pero… ¿Entregarse? ¿Él?... Eso sí que no se iba a poder… ¡Él era Pico de Oro!... Montó a caballo en el patio de su casa y a una señal suya sus hijos abrieron las puertas de par en par, sujetando con los dientes las riendas del bruto y empuñando una pistola en cada mano, cargó sobre los rurales y logró escapar, huyendo en dirección a la Mixteca con la intención de refugiarse en el teatro de sus antiguas correrías. Pero no logró alcanzar su propósito. Fue aprehendido en Tlaxiaco, debido a la circunstancia de habérsele muerto el caballo que resultó herido en la refriega, y traído a Oaxaca e internado en la prisión de Santa Catarina que abandonó una vez purgada su condena, terminando los días de su accidentada existencia en el seno de su familia rodeado de los suyos.
También entre los tipos célebres de aquel tiempo y que cimentaron su popularidad en sus reconocidas dotes personales, podemos incluir al presbítero Anacleto Vera y Manzano, persona muy ilustrada, poeta, músico, muy de a caballo y gente de armas y de copas tomar, pues pese a su condición de sacerdote también entró a la ‘bola’, acompañando a los carranclanes en sus incursiones por la Mixteca, llevando donde quiera su inseparable vihuela con la que se acompañaba los corridos y canciones de su propia cosecha. Y a propósito de su producción literaria que, aparte de una serie de máximas y preceptos morales, en verso, que todavía en 1925 fue reeditada, era autor de un extenso trabajo: El Escolástico, también en verso, pero de palabras esdrújulas, cuya letra oímos cantar todavía en aquellos días y cuyo principio es el que sigue:
En noche lóbrega
galán incógnito
las calles céntricas
atravesó
y bajo clásica
ventana gótica
sacó su cítara
y así cantó…
Pero como, naturalmente, en Oaxaca nunca han faltado guasones encargados de enfocar el aspecto serio y estimable de las cosas hacia el ángulo humorístico, la parodia de aquellos esdrújulos no se hizo esperar, lamentando no recordar, íntegramente, por lo menos la correspondiente al verso transcrito, pero es el caso que en dicha parodia este terminaba así:
…y bajo clásica
ventana gótica
sacó su jícara
y se orinó…
Los tipos aquí mencionados, pues y otros más como el “Burro de Oro”, el “Nigüa”, “Siete Sombreros” y “Tío Chacapixtli”, llegaron a ser verdaderas celebridades en aquellos días. El primero, don León Esperón, fue apodado así por el contraste que ofrecía su condición de persona acaudalada con su absoluta falta de ilustración, pues a pesar de sus cuantiosas riquezas, ya a últimas fechas muy mermadas, no sabía leer, siendo la ocupación de este buen señor la de pasarse todo el bendito día sentado en la ventana de su casa, en la segunda de Independencia, exhibiendo a los ojos de los transeúntes la más corpulenta humanidad que haya habido en Oaxaca, pues por lo menos debió haber pesado la friolera de unos ciento cincuenta kilos…El segundo, o sea el “Nigüa”, era un tipo muy original y muy conocido entre el elemento femenino; era un trovador empedernido que había sentado sus reales en el Zócalo o Jardín de la Constitución, en donde se daba a la tarea de cortejar a todas las muchachas que transitaban por el parque y ante quienes extremaba su galantería con la entrega, en propia mano, de fresquecitos y fragantes ramos integrados con las flores que, aprovechando el descuido de los jardineros, cortaba en el propio jardín cuyos camellones prestaban al “Nigüa” su gratuito concurso en aquella desusada forma de caravaneo.
El tercero, “Siete Sombreros”, recibió tal mote porque efectivamente era poseedor de tal número de sombreros y gustaba usarlos y exhibirlos indistintamente, a veces los siete en un mismo día y en ocasiones los siete juntos, para demostrar que sí los tenía cuando alguien pretextaba dudar lo contrario, y el “Tío Chacapixtle”, era un viejo atrabiliario, tanto como “Mambrún”, al que la mención del sobrenombre ponía fuera de sí, de manera que cuando alguien intencionalmente, desde luego, le espetaba al paso aquel sacramental:
‘Adiós Tío Chacapixtli’. O simplemente: ‘Adiós, Tío Chaca’ el aludido se volvía colérico, y fuese quien fuese o se tratase de lugar que se tratase, respondía, con toda énfasis del caso:
‘¡Tú tiznada madre!...’
Pero, tan célebres como aquellos tipos y personalidades fueron también los originales ‘cenáculos’ de barriada, donde habitualmente y a determinada hora del día o de la noche, o señalado día de la semana, se reunía un determinado grupo de personas, por regla general artesanos, identificados entre sí por los nexos de una amistad más o menos sólida y estrecha, pero más bien por la afinidad de caracteres, para charlar, cambiar impresione, comentar los sucesos o acontecimientos del día, o simplemente para bromear y ‘echar tijera’. De manera que así como la gente de alto copete contaba con la tertulia como medio de estrecha convivencia social, de la clase media y el artesanado contaban con los ‘cenáculos’ de barriada, con edificio social en cualquier taller, pero preferentemente en las peluquerías. Y si nos permitimos llamar ‘cenáculos’ a aquellos hoy ya desaparecidos convivios sociales de los artesanos y clases populares de antaño, es porque en los mismos no siempre, o solamente, se congregaban las gentes de ese tiempo para buscar en la broma o el chismorreo unos cuantos minutos de escape a las preocupaciones de la constante y diaria brega, sino que se discutía sobre muchos tópicos y temas de interés, tales como la moral, la política, la religión y los espectáculos teatrales, se criticaba y hasta se filosofaba, o bien se comentaba tal o cual obra o novedad literaria y se externaban esta o aquella opinión sobre determinado asunto de interés local o nacional, pues el índice cultural e intelectual del artesano oaxaqueño, principalmente el de aquellos días, siempre ha conservado un nivel bastante más alto del que acusa el artesanado del resto del país, inclusive de la propia capital.
Así, pues, aquellos antiguos cenáculos donde entre paréntesis, se conocía la vida y milagros de todo el mundo y se festinaba humorísticamente cualquier acontecimiento que se presentaba con la chispiante y satírica vena provinciana, fueron una de las notas más pintorescas de aquellos días. Y entre los tantos que existieron en los distintos barrios de la ciudad, recordamos particularmente el de la zapatería del Chino Avendaño, quien por medio de un rótulo anunciaba en su taller ‘que hacía de hombre y de mujer’ (zapatos, se entiende, aun cuando el enunciado era festinado más y mejor que el sentido ambiguo que presentaba), y en el cual hace poco todavía se congregaba gran número de amigos para departir o ‘comer gente’ y tomar la copa; el otro era el de la sombrerería del también extinto Aquilino Barroso, conocido en todo Oaxaca como La Catedral del Chisme, presidido últimamente por el hijo de aquel, Octavio el Cabezón; el establecido frente al Sagrario, en el local donde el señor Demetrio Granja tenía un negocio de venta de calzado, conocido así mismo con la significativa denominación de ‘Academia de la Lengua’, ya se podrá imaginar el por qué, en el que se reunían personas de mayor categoría social; igualmente el popular del fígaro Guerrero y el de la peluquería ‘El Teatrito’, frente al costado occidental de la Plaza Grande, que era uno de los más pintorescos por ser el centro de reunión de la gente de los mercados.
Y a propósito de las peluquerías recordamos que tanto ‘El Teatrito’ como las que se ubicaron en los contornos de las plazas centrales, particularmente las dos que había en la esquina noroccidental de la susodicho Plaza Grande, presumían de mantener el mismo servicio de las de mayor categoría, en las que se acostumbraba aplicar el cliente, terminado el arreglo, cosmético para el bigote y las cejas, brillantina, Agua de Colonia y alguna otra de las variadas esencias o lociones de que estaba provistas las peluquerías de aquel tiempo; sin embargo, aquella presunción no dejaba de ser precisamente eso, una mera presunción, porque lo cierto es que el tal servicio, si era muy original, distaba mucho, en cambio, de ser como se le recomendaba, y sobre todo del agrado del cliente, pues si se trataba de algún indiano aquellos fígaros de barriada no se andaban parando en pintas para cortarle el pelo a como cayera, colocándole una jícara en la cabeza, a manera de patrón, y tuzando el resto del cabello que salía de ésta, y en vez de brillantina aplicaban un unto amarillento o vil sebo de vela, teñido, substituyendo el alcohol con puro chínguere del que hacían un buche para rociar con la boca nuca y cara del cliente… Y ese original chambelán, o manera de aplicar aquel producto y el producto mismo, dio margen, precisamente en El Teatrito, al siguiente festivo lance con un cliente que poseía un buen sentido del humor y que tal vez por equivocación recurrió a los servicios del establecimiento. Sucedió que ya el oficial había terminado de arreglarlo, pero el cliente aquel permanecía sentado en el sillón sin dar trazas de querer abandonarlo y sin que, al parecer, se diera por enterado de que el servicio había concluido, visto lo cual el oficial lo hizo notar al maestro indicándole que ya se lo había hecho ver al cliente, pero éste continuaba cómodamente arrellanado en el sillón. Entonces el maestro interpeló directamente al cliente:
leonardovicentegomez@yahoo.com.mx
leonardovicentegomez@yahoo.com.mx
-Ya ha sido servido, señor. ¿O espera usted alguna otra cosa?
A lo que el cliente respondió. Todavía rezumando chínguere hasta el cogote:
-Sí, maestro. Como ya me sirvieron el mezcal, estoy esperado que me traigan la botana…
Y, como éste, cuantos lances hilarantes, cómicos, festivos, se comentaron o fueron registrados en aquellos desaparecidos ‘cenáculos’ de barriada que pusieron un toque muy original en la vida social del Oaxaca de hace cincuenta años, y que, lo mismo que aquellos singulares tipos aquí descritos, se hundieron ya, definitivamente, bajo el revuelto piélago de la prosaica realidad que infesta al Oaxaca de los actuales días.
Texto original de José María Brandomín, recopilado por Leonardo Gómez leonardovicentegomez@yahoo.com.mx