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Artesanos a pie de carretera
Con la esperanza de ganar el sustento diario a base de la vendimia de juguetes de madera a orillas de la carretera, artesanos de la zona están prácticamente en el olvido 

Mario GIRON
05/05/2009, 07:05:02 AM


El sol cae a plomo sobre la súper carretera. Protegiéndose bajo una improvisada sombra construida con cuatro varas secas y sobre ellas un pedazo de tela descolorida se protege la figura de Aureliano Jiménez López.

Se trata de una historia a orilla de carretera perteneciente a un adulto mayor, quien intentar sobrellevar con buenas cuentas económicas esta parte de su vida en donde el trabajo es constante. Primero como campesino, Jiménez López empezó a conocer y saborear malos resultados como trabajador del campo. Así transcurrieron sus mejores años de fracaso en fracaso. Cosecha en desgracia por mal temporal. Hasta que renunció para buscar nuevas alternativas de subsistencia.

Hoy en día sigue mal económicamente como cuando debutó como campesino a la edad de seis años. Como vendedor de juguetes artesanales de madera, se encuentra a punto de la desgracia material, sin nadie que ayude a mantenerlo a él y a su familia.

“Nunca fue negoció terminar la vida elaborando y vendiendo camiones de carga de juguete, dinosaurios y valeros, principalmente”.

A poco tiempo de alcanzar 70 años de edad, una larga experiencia de vida en un ambiente desfavorecido, en donde siempre faltó algo que nunca pudieron cubrir los padres de familia, Aureliano hoy en día es un veterano propietario de un puesto de mercancía a orilla de la autopista Oaxaca-Cuacnopalan, pasando la primera caseta de cobro en Huitzo.

Sentado en un pequeño tramo de cemento, con las rodillas a punto de llegarle a la barbilla, en posición como si estuviera esperando, antes de tiempo un destino que algún día tiene que llamarlo a cuentas, Jiménez López narra su vía crucis en materia de venta.

“Estoy en mala racha. Una semana sin ganar dinero para medio vivir. La venta se desplomó. Miércoles, en blanco. Jueves, no fuimos tomados en cuenta por automovilistas. Viernes, mejor no recordarlo. Sábado, peor. No se vende nada”.
Sin levantarse del pedazo de cemento que ocupa para descansar, con los dedos haciendo la cruz en señal de pedimento para que el automovilista se detenga y gaste dinero comprando, Aureliano, reconoce su difícil situación.

“Solo un milagro podría salvarme. Vergüenza es llegar a casa e informar que no vendimos, que no hay dinero. Que nuestros bolsillos están igual o peor de desgraciados que cuando salimos del humilde hogar con la ilusión de ganar algo, por lo menos algo”.

Lo preocupante de la historia de Aureliano, son un par de nietos acompañándole en el puesto de venta; Bernardo, de 13 años, estudiante del primer año de Telesecundaria, en Linda Vista, La Herradura y Omar, de 11 años, alumno de primaria.

“Nosotros nos sentimos mal cuando no vendemos, cuanto no ganamos ni siquiera un peso para llevar a casa. Antes llorábamos cuando no ganábamos. Pero aprendimos a ser fuertes, a no doblegarnos, sin embargo, nuestro abuelo Aureliano es débil, se deprime cuando nadie compra nuestro juguete artesanal”.

Aureliano presiente, sabe lo que puede suceder en cualquier momento, sobre todo en el último tramo de su existencia. Se trata de un adulto no conformista, sin aceptar el fracaso material por lo que sigue luchando, trabajando más de diez horas diarias, aunque no venda, sigue adelante. No se da por vencido.

Un sombrero de palma le rinde culto a su personalidad de hombre del campo, hoy metido a vendedor de juguete artesanal. Su cuerpo delgado es cubierto por una camisa sencilla, antigua, color amarillo; un pantalón café y un par de botas viejas destruidas por el tiempo que pasa sin perdonar, así es la quijotesca figura de un hombre, un ser humano que nació en la humildad y le sigue yendo mal económicamente a pesar de trabajar toda la vida con sentido de responsabilidad.

Aureliano intenta superar obstáculos, no se da por vencido y seguirá, como él mismo asegura, en plan de guerra por la subsistencia hasta el último día de su fuerza, “cuando Dios lo llame a su reino”.

La diferencia de clase social en Oaxaca, entre los que más y los que nada tienen, se comprueba fácilmente saliendo de Oaxaca, pasando la primera caseta de cobro, la de Huitzo, en la vía federal autopista Oaxaca-Cuacnopalan.

Se trata de la ruta principal, la del aparador del juguete artesanal, elaborada por gente humilde, basándose en lo que la imaginación les permite crear limitadamente.

La otra cara de la moneda

Tiene 21 años, se llama Marisela Rivera Castellanos, con ocho años de experiencia en la producción y venta de obra de arte popular a base de madera. Mientras pacientemente pinta de azul la caja de un camión de carga, con preocupación reconoce que está condenada a sobrevivir en un oficio que no es negocio. Producir y vender juguetes de madera, algo pasado de moda, para hoy en día en donde la tecnología se impone en dicha especialidad.

Confiesa que tan mal están las ventas, que cuando llega a casa los familiares ya no le preguntan si le fue bien o mal. Papá, mamá, hermanos y tíos, están acostumbrados a la misma respuesta: nada. “Me fue mal”.

Marisela abandonó la escuela, en consecuencia se puso a trabajar, aprendió el oficio de elaborar juguetes, una fuente de ingreso extra, muy mal pagada, en lo que sus padres, hermanos y otros familiares se desarrollan en otras actividades productivas, por ejemplo, el campo, como alternativa de producción para subsistir, principalmente.
Explicó que los camiones y demás juguetes se elaborados con madera de pino, que obtienen a través de un permiso de derribo sustentable otorgado por los Bienes Comunales de Santiago Tenango, de donde son originarios más de 60 familias vendiendo una producción artesanal hace más de 15 años.

Explicó que en una semana la producción es de 10 camiones, los más grandes. La madera que sobra, la reutilizan para otros ejemplos de obra popular, figuras más pequeñas, bien pintadas y con acabados perfectos.

Sin embargo, aseguró que las ventas se desplomaron a consecuencia de la emergencia que se está viviendo por la influenza humana. Hoy, narró, los automovilistas no detienen la marcha, siguen de largo, temen ser contagiados.

Por lo que a los hermanos Bernardo y Omar, respecta, son estudiantes del turno matutino. La tarde la toman para producir. Se les encuentra en la carretera sábado y domingo, a partir de las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, ilusionados con vender algo, milagro que hasta el momento no se les concede.




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